El espejo, colgado en la pared del salón, estaba fragmentado en mil piezas que reflejaban mil realidades distintas. Cuando Álex se acercó, su reflejo se dividió: una versión de él estaba feliz, sosteniendo el juego en sus manos, mientras otra estaba sola, rodeada de sombras de advertencias y de la culpa que empezaba a crecer dentro de él.
Cuando el juego se descargó, Álex sintió una alegría auténtica, no la efímera de una descarga clandestina, sino la satisfacción de haber obtenido algo con su propio esfuerzo y decisión. Al iniciar el juego, la pantalla mostró el Gran Portón de Hogwarts, pero esta vez, el sonido que acompañaba la música era el de su propio latido, más fuerte que nunca. Álex pasó horas explorando los salones, aprendiendo hechizos, y descubriendo que la magia más poderosa no estaba solo en los encantamientos del juego, sino en la historia que había tejido a su alrededor: la de la paciencia, la honestidad y el respeto por el trabajo ajeno.
—Cada uno de estos juegos está protegido por un encanto de , —explicó Morgana—. Cuando alguien paga por el juego, no solo obtiene la experiencia, sino que también apoya a los creadores, a los artistas y a los programadores que hicieron posible este mundo mágico.